A finales de los años 30 y principios de los años 40, Mark Rothko, al igual que William Baziotes, Adolph Gottlieb y Theodoros Stamos, combina temas míticos y figuraciones primordiales para expresar experiencias universales. En las obras de este período, formas biomórficas evanescentes flotan en una atmósfera nebulosa; evocando formas de vida rudimentarias, plantas acuáticas y criaturas primitivas, pretenden ofrecer un equivalente visual de las imágenes del subconsciente. Rothko trabaja principalmente basándose en sus sensaciones más profundas, pero también se inspira en los artistas que trabajaron antes que él: en esta obra se percibe el ejemplo de Joan Miró en la línea punteada, en la llama, en el personaje amorfo en la parte inferior izquierda y en las serpenteantes filiformes. Las imágenes abiertamente representativas están ausentes, y en ello se percibe el avance hacia la completa abstracción, característica del estilo maduro de Rothko. En la división en zonas horizontales, en la estructura nebulosa y en los contornos indeterminados, Sacrificio anticipa sus característicos cuadros de campos de color.