La obra representa uno de los muchos milagros realizados por San Nicolás después de su muerte. Este es el episodio que ve al Santo invocado por un grupo de marineros encabezados por un monje de túnica blanca, sorprendidos por la tormenta desatada por el diablo que derribó la vela del barco. San Nicolás aparece frente al mar y calma las aguas. La tormenta se aleja: las nubes grises e hinchadas tienden a desgarrarse, dando paso a la serenidad. Una aparición celestial cierra la composición: la imagen de la Virgen Inmaculada retratada sentada sobre las nubes con la luna creciente a sus pies.